
(H)
Por mucho tiempo que pase,
Johannesburgo siempre consigue sorprender. Y por muchas veces que esté
a punto de convencerte que sigues en Europa su africanidad siempre vuelve
a atraparte, a veces, por poner un ejemplo, en la figura de los sangomas,
los míticos brujos de los colonizadores y que en realidad son una mezcla
de médico naturista y psicólogo de gran aceptación entre la mayoría
más pobre de la población.
Así, bajo sus inmensos rascacielos
se esconden las tiendas de productos tradicionales donde es posible
comprar desde plantas medicinales hasta consejos para combatir el alcoholismo,
pasando por muñecas que aseguran la fertilidad o collares que espantan
los malos espíritus. Y en medio de los terribles atascos se mueven
ágiles chicas de piercing en el labio y camiseta Diesel falsificada
que reparten publicidad de los sanadores más reputados.
El problema es que junto al
sangoma de verdad se encuentra quien promete la cura de todo tipo
de dolencias, el retorno de los amores perdidos, un negocio lleno
de clientes, ganar la lotería, unos genitales “del tamaño y grosor
deseado” y -por supuesto en el país con más infectados del mundo-
la expulsión de VIH. Y si no hay resultado “te devuelven el dinero”.
Sí, en el siglo XXI aún tienen
salidas este tipo de charlatanes y, además, muy bien integrados si
se tiene en cuenta como se promueven mediante las redes sociales de
internet y los mensajes SMS. Y sus consecuencias son visibles en un
goteo de noticias, la última esta misma semana, donde se informaba
de la muerte de una joven que ingirió la pócima de uno de estos estafadores.
Pero polémicas a parte, los
sangomas representan una alternativa barata, cómoda, accesible
y comprensible para millones de personas sencillas a la colapsada sanidad
pública y a la elitista privada. Unos médicos que le hablan a la gente
en su idioma -en el que a la depresión se le llama “mal de espíritu”-
y con un gran conocimiento de las plantas y remedios tradicionales.
Estos servicios les convierten,
de hecho, en auténtica red de asistencia primaria que ayuda a desmasificar
la sanidad pública. Esto es así hasta el punto que ya han llamado
la atención de políticos y académicos y crecen los programas para
intensificar la colaboración entre la sanidad formal y la tradicional,
en forma de derivación de clientes -es obvio que las hierbas no curan
el Sida,- cursos de formación y servicios de asesoramiento. Toda una
lección de como entrar en la modernidad sin renunciar a las propias
raíces y también una revalorización de un patrimonio cultural y científico
de valor incalculable. Valor, por cierto, en el que ya se han fijado
las farmacéuticas que investigan y experimentan en las plantas de la
medicina tradicional africana.
Pero, y los charlatanes? Pues
por ahora no hay más remedio que aguantarse y distinguirlos por su
absurda publicidad, pero ya existe una comisión parlamentaria que está
preparando la ley que regulará la actividad de los sangomas
y les obligará a registrarse y observar una “carta ética”.
Así que si quieren que les
toque la lotería o vuelva el amor perdido, dense prisa.
Publicat a El Periodico