
(H)
Una organización de derechos
civiles llamada AfriForum ha anunciado movilizaciones para “antes,
durante y después” del Mundial de Fútbol si el gobierno sudafricano
mantiene su proyecto de cambiar el nombre de la capital del país, Pretoria,
por el de Tshwane, que en lengua setswana vendría a decir “lugar
de las vacas negras”. Pretoria es hoy, y a pesar de ser la sede del
gobierno, casi una ciudad satélite de la gran metrópoli Johannesburgo,
una suerte de “distrito burocrático” donde se encuentran los ministerios
y las embajadas y donde, la verdad, hay pocas vacas, si es que hay alguna.
A los nombres de las organizaciones
les pasa a veces lo mismo que a los de los sitios, y aunque a priori
puede parecer lo contrario, AfriForum es una plataforma del nacionalismo
afrikaner -los descendientes de los colonos holandeses que se instalaron
en el país en 1650 y conocidos a menudo como boers- y como Pretoria
se llama así en honor a Andries Pretorius, considerado el fundador
de esta peculiar nación, pues he aquí la razón del enfado.
Como en el resto del mundo,
aquí los nombres de los lugares físicos reflejan la historia y la
cultura dominantes. Pero a diferencia de la mayoría de países, en
la “nación del arco iris” no hay una sola versión de lo que hay
que conmemorar. Y ningún sitio como en el callejero de Johannesburgo
simboliza tanto esta diversidad. Los grandes héroes de la liberación
negra -Nelson Mandela, Oliver Tambo, Albertina Sisulu o Chris Hani-
ocupan lugares destacados junto a los próceres de la patria afrikaner
-Jan Smuts, Barry Hertzog o De Villiers- mezclados con los constructores
del imperio británico -la Reina Victoria o Winston Churchill, quien
combatió contra Jan Smuts en la guerra Anglo-boer a principios de siglo
XX.
Al lado de clásicos de la
literatura inglesa -Lord Byron, Charles Dickens y hasta Robin Hood-
las grandes voces de la música africana: Miriam Makeba, Brenda Fassie
o Margaret Mcingana.
Los referentes geográficos
de los inmigrantes europeos -casi todas las ciudades de Irlanda u Holanda
tiene calle- se entremezclan con los nombres de los países africanos
que asilaron los luchadores antiapartheid.
Por suerte Johannesburgo es
una ciudad enorme con sitio para todos -de hecho, es tan grande que
las calles se repiten y es imprescindible añadir el nombre del barrio
en la dirección- y hoy en día es posible ir a la antagónica esquina
Louis Botha con Joe Slovo. El primero fue presidente de la racista Unión
Sudafricana y el segundo dirigente comunista, blanco, y fundador de
la guerrilla antiapartheid, y aunque nunca llegaron a conocerse seguro
que no se hubieran llevado bien.
Solo se han cambiado los nombres
de las calles dedicadas a los personajes más ofensivos, tal como le
pasó a Hendrick Verwoerd, considerado el “arquitecto del apartheid”,
quien fue sustituido por el “traidor” Braam Fischer, un afrikaner
de linaje que defendió Nelson Mandela en el famoso Juicio de Rivonia
y que hoy se cruza con su suegro Jan Smuts, primer ministro de principios
de siglo XX y defensor de la segregación racial.
Toda una metáfora del espíritu
de reconciliación de la transición sudafricana.