Hoy hace veinte años el mundo
se agolpaba ante las puertas de la prisión de Víctor Versten. De ella
emergía un Nelson Mandela tranquilo, sonriente y mucho más viejo,
tras 27 años de encierro. Solo nueve días antes el flamante presidente
de Sudáfrica, F.W. De Klerk, lo había anunciado en su primera locución
oficial como jefe de estado. Aunque ya hacía cinco años que se producían
negociaciones secretas entre el Congreso Nacional Africano (ANC en sus
siglas inglesas) y el régimen del apartheid, este momento inauguraba
oficialmente la transición sudafricana hacia una democracia multirracial.
Después siguió un complejo,
y a menudo violento, proceso que terminó el 27 de abril de 1994, con
la masiva elección presidencial de Mandela y la aprobación de una
de las constituciones más avanzadas del mundo. Cuando se pregunta a
un sudafricano -sea cual sea el color de su piel- sobre sus recuerdos
en aquellos años destaca, sobre todo, “la esperanza”.
Veinte años después
Hoy es evidente que este sentimiento
se ha desvanecido bastante. Blancos y negros vuelven a mirarse con suspicacia
y los reproches son mutuos. Entre los primeros es habitual oír expresiones
como “los buenos viejos tiempos” -aunque nadie proponga seriamente
un retorno al antiguo régimen- e incluso los hay que llegan a asegurar
que el actual sistema no es más que una especie de “apartheid al
revés”, aunque, tal y como defendía un joven de Durban, hayan de
buscar la discriminación en los pocos jugadores blancos de la selección
de fútbol.
Por su lado, para una mayoría
negra el problema es que con la democracia ha mejorado poco su nivel
de vida. Con más de un millón de familias viviendo en chabolas de
lata y cartón, una cifra oficial de paro del 25% y diez millones de
personas viviendo con menos de un dólar al día, es fácil oír comentar
que “todo sigue igual”. Aunque por el momento, las iras se dirigen
más hacia los más de ocho millones de inmigrantes de otros países
africanos -sobre todo zimbabwenses y mozambiqueños- que hacia el nivel
de vida, escandalosamente alto, de buena parte de los blancos. Y es
que Sudáfrica ya es, según el Índice Gini, el país más desigual
del mundo.
Escenario Zimbabwe
Ante esta creciente brecha,
cuál es el futuro que les espera a Sudáfrica? La crisis del vecino
Zimbabwe han encendido todas las alarmas en el país. Allí, un Robert
Mugabe acorralado por las protestas populares generadas por la corrupción
y su mala gestión levantó la bandera de la recuperación de la tierra,
aún en manos de la minoría blanca, y movilizó los más pobres contra
ella. Las imágenes de latifundistas golpeados y expulsados de sus tierras
impactaron entre sus correligionarios del sur.
Pero es posible que en Sudáfrica
-con una economía mucho más potente y diversificada que la zimbabwense
y una democracia mucho más consolidada- se pueda dar el mismo fenómeno?
Mamphela Ramphele fue compañera de Steve Biko y una reconocida activista
antiapartheid que ahora dirige una proyecto de debate social llamado
Dinokeng Scenarios. Una de las opciones de futuro que barajan se llama,
precisamente, “escenario Zimbabwe”. “Si los servicios públicos
continúan empeorando, los recursos del estado se utilizan para generar
clientelismo y las protestas sociales aumentan -cuenta la propia Ramphele-
para el 2020 podríamos tener ya un estado autoritario” Y una salida
obvia para estos supuestos futuros autócratas sería “culpar a los
blancos de todos los males”.
Ben Cashdan, un periodista
inglés afincado en Johannesburg desde la época de la transición,
reconoce que “sin una mejora de la distribución de renda será difícil
mantener la democracia tal y como la conocemos”. Pero él mismo fue
testigo de como -en un debate que producía sobre la implementación
de un sistema de salud- blancos y negros se dividían, casi hasta la última intervención, entre detractores y defensores respectivamente de este proyecto. “La mayoría de los blancos, aliados con la nueva élite
negra, no quieren pagar más impuestos y por tanto tratan de boicotear
cualquier medida social sin darse cuenta que en un futuro lo pueden
pagar muy caro” continua Cashdan.
De hecho, hay corrientes de
opinión que ya empiezan a cuestionar incluso la noción misma de ciudadanía,
reduciendo los sudafricanos que tendrían acceso a plenos derechos a
los siete millones de “pagadores de impuestos”. “Porque debo pagar
nada si no recibo nada del estado? -argumenta un antiguo ingeniero
informático hoy jubilado- de mi bolsillo pago mi servicio de salud,
mi seguridad, pagué la educación de mis hijos, no uso ningún servicio
público excepto las carreteras”.
“Este es un discurso muy extendido y
peligroso -cuenta Diane Mcintyre, profesora de economía de la
salud en la Universidad de Ciudad del Cabo- pues reduce la noción de
impuestos a los directos, mientras que el Estado se financia sobre todo
con los indirectos, que pagamos todos por igual”.
Pero Mamphela Ramphele es optimista,
y frente a su “escenario Zimbabwe” propone “caminar juntos”:
“Hay que dar más poder a las comunidades, hacer que la gente empiece
a resolver los problemas por si mismos y reducir el poder de los burócratas.
Si conseguimos movilizar a la gente y que el gobierno se ponga al frente
de este movimiento hay aún esperanza para este país.”
El ubuntu de Madiba
Cualquier recién llegado a
Sudáfrica que visita el Museo del Apartheid, en Soweto, comenta inevitablemente
que “no entiendo como los negros no pasaron a cuchillo todos los blancos”.
El secreto por esta reconciliación tras tantos años de represión
y explotación se llama “ubuntu”, una filosofía africana, profundamente
arraigada, según la cual nadie puede mejorar sino mejora toda su comunidad.
Este fue el argumento de Nelson Mandela -llamado afectuosamente Madiba
o abuelo- para convencer a sus bases que debían construir un país
junto a la minoría blanca y aceptar pacientemente que “no vamos a
acabar de hoy para mañana con 300 años de colonialismo y cien de apartheid”.
“Mientras Mandela viva la
gente va a seguir creyendo que hay que seguir trabajando junto a los
blancos” opina Eunice, una secretaria de 40 años. Y eso a pesar que
durante los primeros veinte años de ubuntu a unos les a ido bastante
mejor que a otros.
Pero Madiba ya tiene 91 años
y en los dos últimos su salud ha empeorado bastante, no vivirá eternamente.
Que pasará después?