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Sudáfrica tras veinte años de la liberación de Mandela Imprimir Correu
escrit per Joan Canela i Barrull   
dijous, 18 febrer de 2010
Hoy hace veinte años el mundo se agolpaba ante las puertas de la prisión de Víctor Versten. De ella emergía un Nelson Mandela tranquilo, sonriente y mucho más viejo, tras 27 años de encierro. Solo nueve días antes el flamante presidente de Sudáfrica, F.W. De Klerk, lo había anunciado en su primera locución oficial como jefe de estado. Aunque ya hacía cinco años que se producían negociaciones secretas entre el Congreso Nacional Africano (ANC en sus siglas inglesas) y el régimen del apartheid, este momento inauguraba oficialmente la transición sudafricana hacia una democracia multirracial.

Después siguió un complejo, y a menudo violento, proceso que terminó el 27 de abril de 1994, con la masiva elección presidencial de Mandela y la aprobación de una de las constituciones más avanzadas del mundo. Cuando se pregunta a un sudafricano -sea cual sea el color de su piel- sobre sus recuerdos en aquellos años destaca, sobre todo, “la esperanza”.  

Veinte años después

Hoy es evidente que este sentimiento se ha desvanecido bastante. Blancos y negros vuelven a mirarse con suspicacia y los reproches son mutuos. Entre los primeros es habitual oír expresiones como “los buenos viejos tiempos” -aunque nadie proponga seriamente un retorno al antiguo régimen- e incluso los hay que llegan a asegurar que el actual sistema no es más que una especie de “apartheid al revés”, aunque, tal y como defendía un joven de Durban, hayan de buscar la discriminación en los pocos jugadores blancos de la selección de fútbol.

Por su lado, para una mayoría negra el problema es que con la democracia ha mejorado poco su nivel de vida. Con más de un millón de familias viviendo en chabolas de lata y cartón, una cifra oficial de paro del 25% y diez millones de personas viviendo con menos de un dólar al día, es fácil oír comentar que “todo sigue igual”. Aunque por el momento, las iras se dirigen más hacia los más de ocho millones de inmigrantes de otros países africanos -sobre todo zimbabwenses y mozambiqueños- que hacia el nivel de vida, escandalosamente alto, de buena parte de los blancos. Y es que Sudáfrica ya es, según el Índice Gini, el país más desigual del mundo. 

Escenario Zimbabwe

Ante esta creciente brecha, cuál es el futuro que les espera a Sudáfrica? La crisis del vecino Zimbabwe han encendido todas las alarmas en el país. Allí, un Robert Mugabe acorralado por las protestas populares generadas por la corrupción y su mala gestión levantó la bandera de la recuperación de la tierra, aún en manos de la minoría blanca, y movilizó los más pobres contra ella. Las imágenes de latifundistas golpeados y expulsados de sus tierras impactaron entre sus correligionarios del sur.

Pero es posible que en Sudáfrica -con una economía mucho más potente y diversificada que la zimbabwense y una democracia mucho más consolidada- se pueda dar el mismo fenómeno? Mamphela Ramphele fue compañera de Steve Biko y una reconocida activista antiapartheid que ahora dirige una proyecto de debate social llamado Dinokeng Scenarios. Una de las opciones de futuro que barajan se llama, precisamente, “escenario Zimbabwe”. “Si los servicios públicos continúan empeorando, los recursos del estado se utilizan para generar clientelismo y las protestas sociales aumentan -cuenta la propia Ramphele- para el 2020 podríamos tener ya un estado autoritario” Y una salida obvia para estos supuestos futuros autócratas sería “culpar a los blancos de todos los males”.

Ben Cashdan, un periodista inglés afincado en Johannesburg desde la época de la transición, reconoce que “sin una mejora de la distribución de renda será difícil mantener la democracia tal y como la conocemos”. Pero él mismo fue testigo de como -en un debate que producía sobre la implementación de un sistema de salud- blancos y negros se dividían, casi hasta la última intervención, entre detractores y defensores respectivamente de este proyecto. “La mayoría de los blancos, aliados con la nueva élite negra, no quieren pagar más impuestos y por tanto tratan de boicotear cualquier medida social sin darse cuenta que en un futuro lo pueden pagar muy caro” continua Cashdan.

De hecho, hay corrientes de opinión que ya empiezan a cuestionar incluso la noción misma de ciudadanía, reduciendo los sudafricanos que tendrían acceso a plenos derechos a los siete millones de “pagadores de impuestos”. “Porque debo pagar nada si no recibo nada del estado? -argumenta un  antiguo ingeniero informático hoy jubilado- de mi bolsillo pago mi servicio de salud, mi seguridad, pagué la educación de mis hijos, no uso ningún servicio público excepto las carreteras”.

“Este es un discurso muy extendido y peligroso -cuenta  Diane Mcintyre, profesora de economía de la salud en la Universidad de Ciudad del Cabo- pues reduce la noción de impuestos a los directos, mientras que el Estado se financia sobre todo con los indirectos, que pagamos todos por igual”.

Pero Mamphela Ramphele es optimista, y frente a su “escenario Zimbabwe” propone “caminar juntos”: “Hay que dar más poder a las comunidades, hacer que la gente empiece a resolver los problemas por si mismos y reducir el poder de los burócratas. Si conseguimos movilizar a la gente y que el gobierno se ponga al frente de este movimiento hay aún esperanza para este país.” 

El ubuntu de Madiba 

Cualquier recién llegado a Sudáfrica que visita el Museo del Apartheid, en Soweto, comenta inevitablemente que “no entiendo como los negros no pasaron a cuchillo todos los blancos”. El secreto por esta reconciliación tras tantos años de represión y explotación se llama “ubuntu”, una filosofía africana, profundamente arraigada, según la cual nadie puede mejorar sino mejora toda su comunidad. Este fue el argumento de Nelson Mandela -llamado afectuosamente Madiba o abuelo- para convencer a sus bases que debían construir un país junto a la minoría blanca y aceptar pacientemente que “no vamos a acabar de hoy para mañana con 300 años de colonialismo y cien de apartheid”.

“Mientras Mandela viva la gente va a seguir creyendo que hay que seguir trabajando junto a los blancos” opina Eunice, una secretaria de 40 años. Y eso a pesar que durante los primeros veinte años de ubuntu a unos les a ido bastante mejor que a otros.

Pero Madiba ya tiene 91 años y en los dos últimos su salud ha empeorado bastante, no vivirá eternamente. Que pasará después? 
 
Publicat a Berria
 
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