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Una potencia emergente con pies de barro Imprimir Correu
escrit per Joan Canela i Barrull   
dilluns, 15 febrer de 2010

Resulta obvio que 2010 será el año de Sudáfrica como 2008 lo fue de China o 1992 del Estado español. La celebración en este país del primer Mundial de Fútbol -y del primer evento internacional de estas características- de todo el continente africano ha provocado que el mundo se fije en esta creciente potencia económica y, sobretodo, política.

También lo ha hecho Hollywood, que no casualmente ha elegido este país como protagonista para varias de sus producciones más taquilleras. Lo que quizás ya no estaba previsto es que la estrena de Invictus -el film de Clint Eastwood que narra como Mandela usó la final del Mundial de Rugby de 1995 para reconciliar el país- haya coincidido con el veinte aniversario de la liberación del que fue el preso político más famoso del mundo, que se celebrará el 11 de febrero.

Con los cines y los medios de comunicación recordando ambos momentos históricos, muchos sudafricanos han tenido auténticos ataques de nostalgia. “Realmente fue un momento muy esperanzador. Parecía que íbamos a tener un país diferente”, comentaba un sudafricano blanco tras ver Invictus. O en palabras de Allister Sparks, uno de los periodistas más respetados del país: “Cuando Mandela salió de la cárcel fue el primer momento en mi vida que me sentí orgulloso de mi patria”. 

Dura realidad

Hoy, veinte años después la realidad ha ido diluyendo este sentimiento y ambas comunidades -blanca y negra- vuelven a mirarse con suspicacia. Los primeros se refieren al régimen anterior como los “buenos viejos tiempos” y denuncian que la alta criminalidad y las políticas de afirmación positiva en favor de los antiguos excluidos no les permiten quedarse en el país. Unos 800.000 blancos han dejado Sudáfrica desde 1995.

Por otra parte, para el 40% de los sudafricanos negros que viven en la pobreza pocas cosas han cambiado tras el fin del apartheid. Sin trabajo, sin casa y con unos servicios educativos y sanitarios más que deficientes es muy difícil valorar los logros democráticos.

Los violentos brotes xenófobos que en junio de 2008 costaron la vida a más de 60 personas -la mayoría inmigrantes de otros países africanos- y la interminable cadena de revueltas en los barrios más deprimidos que han marcado el 2009 pueden servir de muestra hasta que punto Sudáfrica es “una bomba de relojería”, como la definió Zwelinzima Vavi, secretario general de la Cosatu, la principal central sindical del país. También apunta en este sentido el obispo metodista de Johannesburgo, Paul Verryn, que se ha destacado por su defensa de los inmigrantes, al advertir que “difícilmente los blancos se van a escapar de los probables brotes racistas del futuro”. 

Datos positivos

Pero no todo ha salido mal en estos años. La economía, en declive los últimos tiempos del apartheid, ha tenido un crecimiento cercano al 5% anual durante 17 años ininterrumpidos. Aquí ha contribuido, no solo el fin del embargo internacional y la estabilidad aportados por la democracia, sino también el papel que la nueva Sudáfrica ha jugado en el continente, su mercado natural, donde ha ejercido un papel indiscutible de potencia regional apoyada por tener la mayor y más dinámica economía del continente y por la autoridad moral que suponen la figura de Mandela y su sistema democrático.

“En realidad, las grandes empresas, propiedad mayoritariamente de blancos, han ganado mucho con el fin del apartheid -resume Ben Cashdan, un periodista inglés que ya lleva veinte años instalado en Sudáfrica-, la nueva situación les ha permitido inserirse exitosamente en la globalización”.

“En este país hemos hecho cosas increíbles -destaca Aaron Motsoaledi, ministro de sanidad y uno de los miembros más populares del ejecutivo- resolvimos con éxito una  transición muy compleja y hemos implementado una de las democracias más avanzadas del mundo. No podemos caer en el pesimismo, hay que tener paciencia”. El problema es cuanta paciencia más, tras veinte años, se puede pedir a la gente que no se ha beneficiado de este crecimiento económico. Y por ahora el plan social estrella de su ministerio, el Seguro Nacional de Salud, ha sido pospuesto indefinidamente. 

La oportunidad del Mundial

Por ahora todos los sudafricanos ponen sus ilusiones en el Mundial que empezará el próximo 11 de junio. Un evento que, en opinión del Arzobispo y Premio Nobel de la Paz, Desmond Tutu, tiene que servir para “unir definitivamente este país”. Aunque la selección de fútbol sudafricana no tenga opciones de repetir la gesta de sus colegas en rugby de 1995.
 
Publicat a El Periodico
 
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