Todo el mundo recordaba este
mágico momento en que el preso político más famosos del mundo, el
Madiba (“padre”) caminó los 500 metros que separaban la opresión
de la libertad. Y todo el mundo tenía una anécdota que contar: “Yo
tenía 11 años y me puse a llorar al ver mi madre llorando”. “Mi
casa se llenó de vecinos que no tenían televisión”. Y tras veinte
años la fe en Mandela no se ha reducido un ápice: “El es el mayor
héroe que hay” relata un hombre llegado de la vecina ciudad de Franschhoek.
También se recuerda con cariño a su esposa de entonces, Winnie Madikizela-Mandela,
a pesar que no ha aparecido por las celebraciones a pesar que estaba
anunciada como principal reclamo. “Tampoco pasa nada si no podía
venir” aseguran una chicas haciendo gala de la ya tópica tranquilidad
africana. La versión oficial es que el recuerdo era demasiado “doloroso”
para ella. Seguramente la única persona en todo el país que no vinculaba
a la alegría la fecha del 11 de febrero.
Incluso estaban contentos
los actuales inquilinos de Victor Verster -hoy correccional Drankenstein-
que vestidos con llamativos uniformes de presos instalaban mangueras
para evitar la deshidratación de los entusiastas militantes. “Está
bien que haya tanta gente aquí, al menos rompe nuestra rutina” explicaba
un hombre visiblemente atacado por la viruela en un descanso de su tarea.
La imagen de estos presos negros vigilados por dos enormes policías
blancos resultaba, como mínimo, extraña en un día como el de ayer.
Y ¿cómo fue aquél 11
de noviembre de 1990? “Feliz” responden lacónicamente unos chicos
que aseguraban haber estado, aunque por edad debería haber sido en
uniforme escolar. “Fue emocionante, pero mucho más caótico que esto.
-cuenta con más detalles Adam- Había mucha, mucha gente y nadie organizaba
nada, no podías pasar por ningún sitio”.
Seguramente entonces tampoco
había carpas para VIPS con aire condicionado, copioso desayuno y coros
de chicas monas interpretando de forma un poco desubicada las canciones
de combate. Tanta referencia a los “camaradas” quedaba un poco paradójica
si se pensaba en los otros miles de camaradas que se asaban al sol sin
tan siquiera un bocadillo. Pero es que con el fin del apartheid la mayoría
negra salió ganando, pero algunos más que otros. Como Ciryl Ramaphosa,
entonces sindicalista y hoy uno de los hombres más ricos del país,
quien afirmaba que “desde entonces nuestro pueblo ya no está dividido,
es un único pueblo”. Aunque no se refería a que esto signifique
pasar el mismo calor.
Incluso el secretario general
del CNA, Gwede Mantashe, advertía recientemente que “dentro del partido
hay demasiada gente muy preocupada por el poder y muy poco por ayudar
a los pobres”.
Al final la celebración
del “día más importante de la historia reciente” de Sudáfrica
-tal y como lo definía uno de los presentadores- se quedó, sobretodo,
en un acto de reafirmación partidista, lleno de carteles y camisetas
del CNA y parlamentos de algunos de sus principales dirigentes. Aunque
falló el también anunciadísimo presidente del país, Jacob Zuma,
al parecer demasiado ocupado preparando su intervención parlamentaria
prevista para el mismo día por la tarde.
Y la “recreación simbólica
de la marcha de la libertad” se redujo a un corto paseo sin demasiada
fuerza emotiva y deslucida por la falta de primeras espadas de la lucha
de la liberación, a excepción de Mac Maharaj, Ahmed Kathrada y Andew
Mlangeni, condenados junto a Mandela en el histórico Juicio de Rivonia
en 1963.
Publicat a El Mundo