
(H)
Es un lugar común sobre Sudáfrica
que negros y blancos no tienen nada en común. El tópico más habitual
es deportivo: los primeros se pirran por el fútbol y los segundos por
el rugby. Pero fácilmente se podrían poner otros ejemplos: mientras
unos comen pap y samp, los otros prefieren la pizza y la hamburguesa,
la música kwaito frente al pop anglosajón, los culebrones de la televisión
pública ante las series norteamericanas como “Perdidos” o “Anatomía
de Grey”. Y es que unos son realmente africanos con un estilo de vida
similar al de sus vecinos zimbabwenses o mozambiqueños mientras que
los segundos intentan mantener la ilusión de vivir en Europa a miles
de kilómetros de su continente madre.
La pregunta es recurrente.
¿Realmente no hay nada que una a blancos y negros en la nueva Sudáfrica?
Pues sí, hay dos costumbres realmente transversales y seguidas devotamente
por todas las comunidades: el shopping y la barbacoa.
El primero es consecuencia,
sobretodo, de la falta de espacios públicos en Johannesburgo. Al no
haber casi calles comerciales ni plazas -o las que hay están vacías
por miedo a la delincuencia- la gente pasa sus ratos libres en el centro
comercial. Allí se encuentra toda la oferta posible -desde correos
hasta parques infantiles- todos los días de la semana y un johannesburgués
medio puede llegar a pasarse todo un día entero sin salir de estos
pequeños pueblos en miniatura: es donde come o toma un café, va al
cine, hace la compra o resuelve los asuntos burocráticos con la administración
o el banco. También es donde se encuentra con sus vecinos más fácilmente
que en la calle -habitualmente se va en coche- y les pregunta por la
salud o los hijos. El shopping es, más que una forma de llenar
la despensa, un estilo de vida.
La otra pasión compartida
es tan sencilla como darle la vuelta a una salchicha en una parrilla.
La barbacoa -o braai, como se la conoce aquí- es la verdadera
institución social por excelencia. Se celebra para cualquier ocasión,
aunque sea pasar un domingo, y aunque gastronómicamente no sea muy
elaborada es una herramienta de socialización que borra barreras sociales
y raciales a golpe de cerveza y alita de pollo. El funcionamiento es
extremadamente sencillo: Se queda un día en una casa -o en su defecto
en un parque público, pues muchos están equipados con parrillas y
mesas- a una hora bastante flexible. El anfitrión aporta el carbón
y el hielo mientras que los invitados vienen cargados con la comida
y la bebida. El fuego está encendido permanentemente y a medida que
llega la gente se va cocinando una improvisada mezcla de carne: pollo
con cerdo, salchichas con pinchos. No supone grandes esfuerzos cocineros
ni mucho gasto ni tampoco un compromiso demasiado estricto, pues se
llega a la hora que se puede y se va a la que se quiere mientras la
fiesta se alarga durante horas a medida que nuevos comensales se suman
a ella.
La braai es, más que
una comida, toda una cultura con sus códigos, sus lenguajes y sus ritos,
compartidos por todos los sudafricanos, quizás la verdadera espina
dorsal de la nueva Sudáfrica.
Publicat a El Periodico