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El deporte nacional Imprimir Correu
escrit per Joan Canela i Barrull   
dijous, 14 gener de 2010
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(H)
Es un lugar común sobre Sudáfrica que negros y blancos no tienen nada en común. El tópico más habitual es deportivo: los primeros se pirran por el fútbol y los segundos por el rugby. Pero fácilmente se podrían poner otros ejemplos: mientras unos comen pap y samp, los otros prefieren la pizza y la hamburguesa, la música kwaito frente al pop anglosajón, los culebrones de la televisión pública ante las series norteamericanas como “Perdidos” o “Anatomía de Grey”. Y es que unos son realmente africanos con un estilo de vida similar al de sus vecinos zimbabwenses o mozambiqueños mientras que los segundos intentan mantener la ilusión de vivir en Europa a miles de kilómetros de su continente madre.

La pregunta es recurrente. ¿Realmente no hay nada que una a blancos y negros en la nueva Sudáfrica? Pues sí, hay dos costumbres realmente transversales y seguidas devotamente por todas las comunidades: el shopping y la barbacoa.

El primero es consecuencia, sobretodo, de la falta de espacios públicos en Johannesburgo. Al no haber casi calles comerciales ni plazas -o las que hay están vacías por miedo a la delincuencia- la gente pasa sus ratos libres en el centro comercial. Allí se encuentra toda la oferta posible -desde correos hasta parques infantiles- todos los días de la semana y un johannesburgués medio puede llegar a pasarse todo un día entero sin salir de estos pequeños pueblos en miniatura: es donde come o toma un café, va al cine, hace la compra o resuelve los asuntos burocráticos con la administración o el banco. También es donde se encuentra con sus vecinos más fácilmente que en la calle -habitualmente se va en coche- y les pregunta por la salud o los hijos. El shopping es, más que una forma de llenar la despensa, un estilo de vida.

La otra pasión compartida es tan sencilla como darle la vuelta a una salchicha en una parrilla. La barbacoa -o braai, como se la conoce aquí- es la verdadera institución social por excelencia. Se celebra para cualquier ocasión, aunque sea pasar un domingo, y aunque gastronómicamente no sea muy elaborada es una herramienta de socialización que borra barreras sociales y raciales a golpe de cerveza y alita de pollo. El funcionamiento es extremadamente sencillo: Se queda un día en una casa -o en su defecto en un parque público, pues muchos están equipados con parrillas y mesas- a una hora bastante flexible. El anfitrión aporta el carbón y el hielo mientras que los invitados vienen cargados con la comida y la bebida. El fuego está encendido permanentemente y a medida que llega la gente se va cocinando una improvisada mezcla de carne: pollo con cerdo, salchichas con pinchos. No supone grandes esfuerzos cocineros ni mucho gasto ni tampoco un compromiso demasiado estricto, pues se llega a la hora que se puede y se va a la que se quiere mientras la fiesta se alarga durante horas a medida que nuevos comensales se suman a ella.

La braai es, más que una comida, toda una cultura con sus códigos, sus lenguajes y sus ritos, compartidos por todos los sudafricanos, quizás la verdadera espina dorsal de la nueva Sudáfrica.

Publicat a El Periodico

 
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