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Catalunya ya no quiere el Estatut Imprimir Correu
escrit per Joan Canela i Barrull   
dissabte, 19 desembre de 2009

España se encuentra profundamente dividida. El bloqueo institucional que sufre el Tribunal Constitucional, incapaz durante más de tres años de emitir una sentencia sobre la legalidad del Estatut de autonomía de Catalunya, bien podría ser un reflejo del sentir general, sino de la población, al menos sí de sus representantes políticos y sus altavoces mediáticos.

La línea se divide entre los que creen que declarar inconstitucional una ley aprobada por el Parlament catalán y el Congreso español, refrendada por la ciudadanía y que ya lleva más de tres años de vigencia generaría una crisis política sin precedentes y que, al fin y al cabo, el Estatut es un modo de asegurar el siempre difícil encaje de Catalunya en España. En el otro lado se encuentran los que opinan que el proceso descentralizador, empezado tras la dictadura, ha tocado techo y que ya es hora de empezar a rectificar, además temen que los aumentos de autogobierno catalanes no tengan fin y que el Estatut abra las puertas a nuevas reivindicaciones.

Entre los primeros se encuentra el PSOE e Izquierda Unida apoyados por los editoriales -más o menos entusiastas- de El País y Público. Los segundos están capitaneados por el derechista Partido Popular y la formación de la nueva estrella del uniformismo centralista, Rosa Díez y su Unión Progreso y Democracia, junto con los belicosos periódicos El Mundo, La Razón y ABC. 

Catalunya se mueve

Paradójicamente, donde el debate gira entorno a otras premisas es en Catalunya y es difícil que aparezcan grandes movilizaciones en defensa del Estatut. En parte por el cansancio de los seis largos años que han supuesto, primero su aprobación y luego una ratificación judicial aún pendiente. Pero también porque otra meta mucho más ambiciosa está ilusionando al catalanismo sociológico mayoritario: la independencia. Una afirmación respaldada por una macroencuesta del gobierno catalán hecha pública la semana pasada: por primera vez una mayoría -y además aplastante- votaría sí a la independencia si pudiera.

Domingo pudieron hacerlo más de 700.000 catalanes de 167 municipios, pero no en un referéndum de autodeterminación vinculante -prohibido expresamente por la Constitución española- sino en una acción de desobediencia civil promovida por centenares de entidades sociales de base y con el apoyo de más de 15.000 voluntarios. Y el resultado fue arrollador: 200.000 personas se acercaron hasta una de las más de 500 mesas para depositar su voto, el 95% de los cuales fue favorable a la secesión.

La iniciativa ha cogido a los partidos con el paso cambiado y ha puesto la sociedad civil al frente del ejercicio del derecho a la autodeterminación.

El primer experimento en esta sentido nació hace tres meses en el pequeño municipio de Arenys de Munt (de unos 8.000 habitantes) y, ante la sorpresa de los propios convocantes, sufrió una oleada de presiones que fueron desde las prohibiciones judiciales a las manifestaciones fascistas, pasando por declaraciones del propio Zapatero, lo que al final ayudó al éxito de la consulta, en la que participó un 40% del censo.

Esta vez el gobierno español ha optado por el silencio, pero la bola ya se ha hecho demasiado grande y ya se preparan nuevas oleadas de consultas que llegaran a las grandes ciudades e incluso fuera de Catalunya, en los territorios de habla catalana de Baleares y País Valenciano.

"La centralidad ha cambiado -opina Vicent Partal, director del periódico digital Vilaweb- y lo que hace poco tiempo parecía imposible hoy ya es probable". 

Y ¿después qué?

A nadie escapa que el principal peligro de las consultas son las expectativas generadas. A pesar de la inmensa movilización de domingo la prensa de Madrid y el Gobierno español ponían el acento en que "solo" habían participado el 30% del censo.

Por que ¿cuánta participación es necesaria para considerarlas exitosas? Hay que pensar que no se trata de un referéndum promovido por un estado, sino de una acció de protesta que ha contado con el boicot institucional y el desprestigio -cuando no la directa criminalización- de los dos principales partidos españoles.

Después aun queda la parte más difícil: la extensión de las consultas a las grandes ciudades como Barcelona o Lleida, con una población mucho menos nacionalista y una sociedad civil más difícil de movilizar, lo que conllevará el riesgo de dar la sensación que el movimiento se va apagando.

Y, finalmente, una vez acabado este ciclo ¿qué? Anna Arqué, portavoz de la coordinadora de las consultas apuesta porque la presión "fuerce a nuestro Parlament a convocar un referéndum a nivel nacional". Una opción más bien difícil, como mínimo antes de las elecciones autonómicas del próximo año.

Ciudadanía en sentido amplio 

El hecho que esta sea una iniciativa ciudadana ha permitido que en las consultas puedan votar todos los inmigrantes empadronados con independencia de su situación legal. Una decisión que no ha pasado inadvertida a los promotores de la plataforma Inmigrantes por el Derecho a Decidir -que apoya el movimiento- pues en palabras de Diego Arcos, presidente del Casal Argentino, "Catalunya nos da la ciudadanía que España nos niega".
 
Publicat a Il Manifesto
 
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