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Ellas lo prefieren liso Imprimir Correu
escrit per Joan Canela i Barrull   
dijous, 17 desembre de 2009
Image
(H)
De lunes a viernes el centro de Johannesburgo vibra. Miles de personas circulan por sus calles entre la algarabía de pitidos que emiten las combis buscando clientela. Mujeres pertrechadas con grandes bolsas en la cabeza, hombres de porte elegante que se giran al verlas pasar, madres cargando sus hijos recién nacidos mediante una toalla anudada, bebés que observan lo que sus madres van dejando atrás, gente que va o vuelve del trabajo o que simplemente pasea… El bullicio siempre sorprende, tanto más si llegas de las áreas residenciales donde resulta insólito ver alguien andando.

El corazón de este latir se encuentra en el mercado que une las estaciones de autobuses del Norte -local- y Parque -puerta de entrada con el resto del continente.- Circulando por sus abarrotadas arterias, es imposible no preguntarse si en toda la ciudad hay un ser humano en casa o todos se encuentran, en ese preciso momento, en la calle.

Al contrario que muchas ciudades africanas, la venta ambulante no está muy extendida en Johannesburgo, en la mayoría de zonas está prohibida. Solo el centro es -legal o ilegalmente- una maravillosa excepción. En sus variopintos puestos puedes encontrar desde fruta de gran calidad hasta bisutería zulú, aunque el gran hit del comercio formal e informal son las peluquerías. Las hay de todo tipo, desde los locales más o menos arreglados hasta la expresión minimalista que supone un hombre con una batería de coche conectada a una maquina de rapar. En tan sólo un metro cuadrado de acera cabe una barbería.

Pero no hay que dejarse engañar por los coloridos carteles que cualquier peluquería masculina que se precia luce en su 'entrada'. Aunque estos nos muestren de 6 a 8 peinados diferentes, para la mayoría de los hombres sudafricanos negros -el matiz es  necesario- existen dos modalidades de corte, el rapado al cero o al uno.

Con las mujeres, la cosa ya es más variada. En la calle trabajan las trenzadoras que en grupos de hasta 10 bordan, sobre las cabezas de quien adquiera sus servicios, auténticas obras de arte. Zig-zag, ondas, círculos concéntricos, todo un abanico de posibilidades que lucen en los álbumes de fotos que estas peculiares peluqueras llevan consigo. Sin embargo el sueño imposible de muchas johannesburguesas es tener el pelo liso. Si perteneces a una de las pocas familias adineradas, los “diamantes negros”, puedes comprar postizos lisos de pelo natural o una buena peluca. El negocio de los bisoñés femeninos es prospero y si este es bueno nadie notará la diferencia. A excepción, obviamente, de la paradoja que supone una cascada de pelo raso sobre una piel tan oscura.

Y si, como las probabilidades señalan, perteneces a un sector con menos posibles, esta es una moda que resulta menos satisfactoria. Estas mujeres aplican severas torturas sobre sus diminutos rizos. Mediante químicos resecan y estiran sus cabellos para luego lacar, engominar y aplicar cera hasta obtener el resultado final: una masa apelmazada y sólida que más que una melena parece un casco.

Aquí se contradice el dicho, y para presumir, más que sufrir, hay que tener dinero.
 
Publicat a El Periodico
 
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