
(H)
De lunes a viernes el centro de Johannesburgo
vibra. Miles de personas circulan por sus calles entre la algarabía
de pitidos que emiten las combis buscando clientela. Mujeres pertrechadas
con grandes bolsas en la cabeza, hombres de porte elegante que se giran
al verlas pasar, madres cargando sus hijos recién nacidos mediante
una toalla anudada, bebés que observan lo que sus madres van dejando
atrás, gente que va o vuelve del trabajo o que simplemente pasea…
El bullicio siempre sorprende, tanto más si llegas de las áreas residenciales
donde resulta insólito ver alguien andando.
El corazón de este latir se encuentra
en el mercado que une las estaciones de autobuses del Norte -local-
y Parque -puerta de entrada con el resto del continente.- Circulando
por sus abarrotadas arterias, es imposible no preguntarse si en toda
la ciudad hay un ser humano en casa o todos se encuentran, en ese preciso
momento, en la calle.
Al contrario que muchas ciudades africanas,
la venta ambulante no está muy extendida en Johannesburgo, en la mayoría
de zonas está prohibida. Solo el centro es -legal o ilegalmente- una
maravillosa excepción. En sus variopintos puestos puedes encontrar
desde fruta de gran calidad hasta bisutería zulú, aunque el gran hit
del comercio formal e informal son las peluquerías. Las hay de todo
tipo, desde los locales más o menos arreglados hasta la expresión
minimalista que supone un hombre con una batería de coche conectada
a una maquina de rapar. En tan sólo un metro cuadrado de acera cabe
una barbería.
Pero no hay que dejarse engañar por
los coloridos carteles que cualquier peluquería masculina que se precia
luce en su 'entrada'. Aunque estos nos muestren de 6 a 8 peinados diferentes,
para la mayoría de los hombres sudafricanos negros -el matiz es
necesario- existen dos modalidades de corte, el rapado al cero o al
uno.
Con las mujeres, la cosa ya es más variada.
En la calle trabajan las trenzadoras que en grupos de hasta 10 bordan,
sobre las cabezas de quien adquiera sus servicios, auténticas obras
de arte. Zig-zag, ondas, círculos concéntricos, todo un abanico de
posibilidades que lucen en los álbumes de fotos que estas peculiares
peluqueras llevan consigo. Sin embargo el sueño imposible de muchas
johannesburguesas es tener el pelo liso. Si perteneces a una de las
pocas familias adineradas, los “diamantes negros”, puedes comprar
postizos lisos de pelo natural o una buena peluca. El negocio de los
bisoñés femeninos es prospero y si este es bueno nadie notará la
diferencia. A excepción, obviamente, de la paradoja que supone una
cascada de pelo raso sobre una piel tan oscura.
Y si, como las probabilidades señalan,
perteneces a un sector con menos posibles, esta es una moda que resulta
menos satisfactoria. Estas mujeres aplican severas torturas sobre sus
diminutos rizos. Mediante químicos resecan y estiran sus cabellos para
luego lacar, engominar y aplicar cera hasta obtener el resultado final:
una masa apelmazada y sólida que más que una melena parece un casco.
Aquí se contradice el dicho, y para
presumir, más que sufrir, hay que tener dinero.